miércoles, 29 de mayo de 2013

Desde mi ventana lo veo todo - Pablo Arestizábal

Un atardecer que se desvanece silente delante mío mientras se consume tenuemente una candela, la orgía de ruidos ajenos no apocan la maravilla que ante mis ojos se oculta lentamente, un sol que ya no calienta, tenues nubes arreboladas se sonrojan al verse observadas, el puerto no detiene su cadenciosa música de estibadores, grúas y barcos atrancados, de olas mascullantes que devoran el viejo malecón, y mi mente me lleva hasta esos umbrales, recuerdo una tarde desde ventanales gigantescos, que acorralan lo mas posible cada tramo  de la ciudad, veo gente que camina animosa, sin saber si volverán al materno lar, al refugio levantado entre cartones, cholguanes y madera vieja. El atardecer ya se esconde, ya casi extinto,  fulgura sus últimas luces de  acaramelados tonos arándanos, de hermosas naves a lo lejos  casi titilantes, de horizonte perfecto, y mis anhelos de volver a la tierra lejana se acentúan, El viejo puerto indiferente a mi mirada continúa su aletargado vaivén de ensueños, de quejumbrosos esfuerzos por vivir lo que otrora era su fulgurante vida, lo veo débil y triste, casi soñoliento. La vela ya se apaga, el oscuro llega hasta mi ventana, lo he decidido así, que juntos mueran la candela ígnea y el atardecer que oculta un quejido lastimero nostálgico y eterno

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