La
tarde grisácea, obligaba a los viejos transeúntes a entrar en los cafés que
abarrotaban la calzada del boulevard de Ferrí, una avenida cercada por abedules
y encinos. El otoño en
La Serné,
trae a cuestas la nostalgia, el frío y uno que otro amorcillo furtivo que se
escondía debajo de los arces que oscurecían el ala norte de la plaza de Bordón.
Por el boulevard de Ferrí, cada tarde cerca de las seis, cuando el sol en otoño
ya ha abandonado su trabajo para marcharse a dormir, camina imponente Ellia, mostrando un donaire que muchas muchachas de rancio abolengo
quisieran tener. Sus ojos color miel destilan caricias inconfundibles, que se
entretejían como si fueran arroyos que a raudales vierten su inmejorable vigor y
alegría. Todos opinaban que ni siquiera los ojos celestes de Celtina, la hija
del barón de Morcé podían competir con los de ella. Lo cierto es que Ellia tenía
algo más que mostrar que sus chispeantes ojos color miel. Aunque jamás se
hubiera propuesto acaparar la atención de nadie, todos los hombres que se
apostaban en los cafés, lo hacían sólo para verla pasar. Los más felices eran
los dueños de los cafés, ya que esto había incrementado en forma extraordinaria
las ventas del brebaje. Ellia trabajaba en una tienda de pinturas de artistas famosos, y algunos de los que se vendían los había pintado ella. Todos los que
se acercaban a adquirir las telas, se quedaban mucho rato prendidos de la belleza
de la mujer, aunque siempre se deslumbraban por sus ojos, aquellos que hablaban
a la vez que sus labios se movían. La tarde que hoy describo, era la tarde en
que el gris se torno negro, en donde las miradas de los hombres que llenaban
los cafés dejaron de mirar con la esperanza en que lo hacían, esta tarde eran
avanzadas las seis y media y Ellia, no había pasado, ella no caminó por esas
calles que se hacían a un lado para verla pasar, aun las vitrinas envidiosas
que otrora se resistían a reflejar su silueta, esta vez ansiaban que ella
pudiera siquiera mirarlas, la verdad es que Ellia ya no vendría más, y no
porque se hubiera muerto o porque se hubiera cambiado de casa o de barrio, sino
porque ella se había enamorado y ahora sus ojos le pertenecían a un solo
hombre, ahora ya no servía ir al café a degustar esa amarga bebida coronada de
espuma mientras ella se acercaba por la esquina, ahora todos los hombres ya no
tenían nada que mirar. Algunos no lo quisieron creer y esperaron impacientes
hasta las siete de la tarde, pero no la vieron pasar. Algunas mujeres que
escucharon el rumor, se acercaron también a los cafés o a las boutiques para
mirar al rabillo si la citada mujer con sus deslumbrantes ojos pasaba otra vez.
Pero no la vieron pasar. Pintores,
escultores, músicos, artistas, periodistas, marinos y aun los encargados de
altos cargos públicos, se juntaron en el bar de Cloes para llorar su pena,
estaban entristecidos por la pérdida que el boulevard de Ferrí había sufrido. En forma unánime decidieron ir
a buscarla y separarla de aquel que les había quitado lo más preciado que
poseía
la Serné,
no estaban dispuestos a dejar que la vida los dejara completamente desprovistos
de esos ojos que destilaban su miel cristalina, diáfana. Uno de los reunidos,
el barón, preguntó ¿Dónde la podrían hallar si nadie la había visto pasar?, el
pintor de largos cabellos rubicundos interrogó a la masa humana ¿y quien de
nosotros si la haya le dirá que anhelamos verla otra vez?, y uno de los más
jóvenes intervino haciendo silenciar a los que allí estaban. ¿Y si ella se
hubiera enamorado poniendo su vista sólo para aquel que los merece, qué
haríamos entonces?
La
reflexión de aquel joven caló en lo más profundo de los presentes, que sujetos
a la verdad que encerraba esa declaración, decidieron no insistir en hallarla.
Ellia,
cada tarde pasaba cerca de las seis por el boulevard de Ferrí, para llegar
hasta la tienda de pinturas. Los cafés estaban con poca gente, las vitrinas
reflejaban su imagen, las calles estaban quietas, ahora parecía todo normal,
junto a ella, caminaba un joven de cabellos azabaches que amaba la pintura y
que era el centro de toda su atención, sólo que nadie se daba cuenta. De echo
ella siguió pasando por el lugar, pero nadie lo notó.
Pasaron
los años, tal vez las décadas, el boulevard de Ferrí había cambiado mucho, aun quedaban algunos cafés que otrora eran el
centro de negocios y de pláticas de tardes. El Mall ubicado a un costado del
boulevard había acaparado toda la atención en la Serné.
Hasta que cierto día,
una mozuela de cabellos azabaches que amaba la pintura comenzó a aparecer por
el boulevard con destino al Mall, otra vez los varones comenzaron a mirar con
alegría, esos ojos color miel intensos, tan intensos como antes, claro que
estas eran otras generaciones, tal vez los hijos de aquellos que vieron pasar a
Ellia, ahora veían pasar a Ennia, la hija de ojos color miel de Ellia. Otra
generación volcada a las vitrinas y al tiempo, los locales de revistas,
peluquerías y electrodomésticos, dieron paso a los nuevos salones de café que
comenzaron a aparecer en el boulevard y que se vieron llenos por todos los que
iban allí a ver pasar a la mujer que tenía los ojos color miel, acaramelados y
cristalinos. En sus miradas no había morbosidad, ni lujuria, solo embeleso y
admiración por quien con su magia iluminaba el boulevard, aunque ahora todos se
preguntaban ¿Quién será el afortunado que se robará esos ojos color miel?

Sentada
en un escaño de la plazoleta cercana al boulevard de Ferrí, estaba una mujer
anciana junto a su cano esposo, sus ojos brillaban débilmente con una luz
ámbar, casi extinta, casi miel. Los años la habían alcanzado, estaban
contentos, eran felices, desde que se habían conocido, sus miradas habían sido
la del uno para el otro. A nadie le importaba, solo a ellos. Aunque esa mirada estaba
casi extinta, seguía brillando para aquel que un día tuvo sus cabellos negros
como el azabache. Para él esos ojos todavía destilaban miel a raudales, aunque
sabía que su magia no sería eterna.
FIN